Noveno día da novena
Palmas y coronas
El fiero Emperador interroga por última vez a Adrián y le dice: “¿Todavía permaneces en tu locura” Y el soldado de Cristo le contesta: “Por esa que tú apellidas locura y yo llamo gloria incomparable, estoy preparado a dar la vida y mil vidas que tuviera”. Y el tirano pierde la paciencia: manda desnudar al atleta de Cristo y que le azoten despiadadamente. Los verdugos se suceden unos a otros. Las carnes del mártir están destrozadas, corre la sangre, se le ven los huesos, las entrañas. Quiébranle las piernas, le cortan una mano. Todo inútil. De los labios del mártir no brotan más que plegarias y suspiros de amor a Jesucristo.
El combate ha terminado: el triunfo del héroe ha sido completo. Su cuerpo destrozado, como el de Cristo en la Cruz, está diciendo: Así te he amado, ¡Jesús mío! Tú te entregaste por mí. Yo me he entregado por Ti. “Consummatum est”. “Consumado está el sacrificio”. Y mientras el Cielo con truenos, relámpagos y rayos anuncia la victoria del mártir, y su cuerpo comienza a recibir el homenaje y los honores que se deben a las reliquias de los mártires, su alma es engalanada con la púrpura de la gloria y sus manos empuñan para siempre la palma de la victoria y sus sienes son circundadas con la corona de la inmortalidad prometida por Dios a los vencedores en los combates de la fe.
Oración para este día
Oh fortísimo San Adrián que supiste soportar con varonil denuedo y sublime heroísmo tantos y tan dolorosos tormentos por el amor de Nuestro Señor Jesucristo: Concédenos la gracia que necesitamos para sobrellevar con paciencia y cristiana resignación todas las contrariedades de la vida y cuanto sea necesario sufrir para defender nuestra fe, conservar la gracia santificante, obtener la perseverancia final y lograr así la salvación de nuestras almas y la eterna bienaventuranza. – Amén.